¿A quién no le cantaron nunca eso de: "duérmete, niño, duérmete ya, que viene el Coco y te comerá" para inducirle a tener lindos sueños?
Esta dulce melodía tenía algunas variantes dependiendo de la zona donde se entonase, pero el quid de la cuestión era siempre el mismo: si no dormías a tu hora, lo más liviano que haría el Coco contigo sería robarte la cuna. La mejor muestra de las intenciones de este ser se resume en esta variante empleada en Cuenca: "con decirle a mi niño que viene el Coco, le va perdiendo el miedo poquito a poco"...
En resumen, mentar al Coco a la hora de dormir era como decir que Freddy Krueger estaba debajo de tu cama y se enfadaría si no cerrabas los ojos. Pero nada tienen que ver el uno con el otro.
De hecho, los orígenes del Coco se remontan cuanto menos al siglo XV. Una de las primeras versiones de la famosa nana la ofrece Juan Caxés en el Auto de los desposorios de la Virgen, ya en el siglo XVIII: "Ea, niña de mis ojos, duerma y sosiegue, que a la fe venga el coco si no se duerme."
¡Pero tanta nana debe de venir de algún sitio! Que sí, a ello vamos.
En la Nueva España habría un ciudadano, al que llamaremos X, que buscaba trabajo infructuosamente. Con el paso del tiempo fue agotando sus ahorros, y llegó un momento en que el hambre se hizo presente. Para aliviarla empezó a procurarse su propia comida: niños que encontraba solos por la calle, lejos de las atenciones paternas. Transcurrido el tiempo, la noticia llegaría a oídas del resto de la población, que por algún motivo desconocido comenzó a llamarlo: "el Coco".
Desconozco si "el Coco" se centraba en huérfanos que pudiesen dormir a la intemperie o, si por el contrario, se llevaba a niños que, a horas intempestivas, escaparan de sus casas sin que sus padres se diesen cuenta. Esto último daría algo de sentido a lo de dormirse pronto.
Con lógica o sin ella, esta parece ser la historia del famoso «Coco».

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